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Momentos felices

Hace unos días estuve en Valencia viendo Las Fallas, en mi caso lo hago todos los años porque vivo a cuarenta kilómetros de la capital. En mi ciudad Alzira también hay fallas, unas treinta y cinco. Pero se dice que las fallas en los pueblos son para los falleros. Valencia es otra cosa.

Fui con unos amigos, en tren. Ni que decir tiene que son espectaculares, yo las considero la máxima representación del arte valenciano. Además, la multitud de gente que se agolpa en las calles junto con falleros y falleras, y las bandas de música de cada falla que no dejan de tocar día y noche, y los puestos ambulantes de churros y buñuelos con chocolate calentito, hacen de Valencia un sitio acogedor y lleno de vida.

Pero del viaje a Valencia hay una cosa, un momento, que me llamo en especial la atención y que se me quedó marcado. Fue en el viaje de vuelta de Valencia, el tren de cercanías iba a tope como suele ser habitual en esa época. En cuanto el tren llegó se llenó, de hecho la gente que lo esperábamos apenas dejamos salir a los que llegaban ante la idea de quedarnos sin sitio donde sentarnos.

El caso es que una vez sentados vi que delante de mi se había sentado un niño de unos ocho años a la izquierda y una mujer mayor a su derecha. Estaban frente a mí, en los típicos compartimentos de cuatro asientos. A mi izquierda iba un amigo. Pronto observe que junto a la mujer se encontraba su esposo de pie. Era un hombre de unas sesenta y tantos. Mayor, que no viejo, porque hoy en día a esas edades las personas están que da gusto verlas.

Por un momento pensé en cederle mi asiento al hombre, pero al final no lo hice, sobre todo porque pensé que el chaval pequeño, que debía ser su nieto, era quién se lo debía ceder, tampoco quería hacer el primo y tenía los pies molidos. Así que el señor se quedo ahí de pie cogido de la mano de se esposa con cara de cansancio. Mientras el chaval parecía pasar del asunto.

De repente vi como la mujer le besaba la mano a su marido, y me llamo la atención porque no suele ser habitual ver estos gestos de cariño público entre las personas mayores. Acto seguido se acerco un hombre joven y llamó al niño, era su padre, le dijo que se levantara y dejase su sitio al hombre mayor. Ahí me di cuenta de que el chaval no era familiar de estos señores y que simplemente ante la marabunta que había habido al subir al tren había llegado a parar a ese asiento. Y sus padres habían quedado en unos asientos mas adelante.

El caso es que el niño se levanto y el hombre mayor ocupó su lugar. Aquí yo puse un poco cara de remordimiento por no haberle cedido el sitio antes, pero él simplemente hizo un comentario diciendo que ahora estaba mas a gusto. Era un matrimonio valenciano, de los que acostumbra a hablar en valenciano, su lengua materna, sencillo, que viven tranquilos y en algún pueblo como Xátiva o La Pobla Llarga.

La señora, al tenerlo a su lado, se recostó en su brazo y lo abrazo fuerte. Él mantenía el semblante serio, pero con un gesto de pena, de impotencia. De repente a la mujer se le escapo una lágrima y cerró los ojos. Creo que era una lágrima de alegría, y al mismo tiempo de tristeza, de melancolía. Me dio la sensación de que pensaba en lo bonito que había sido ese día junto a su marido viendo Las Fallas de Valencia, y mucho me temo que eran sus últimas fallas juntos. Tal vez el hombre padecía algún tipo de enfermedad. Es posible, porque tenía un semblante muy estresado, no habitual en estas personas mayores que ya lo tienen todo hecho, era el rostro de una persona que sufre de algo y nunca tiene un segundo para descansar.

En ese momento el tren indicaba por megafonía la llegada a mi ciudad, que sigue siendo un pueblo en cuanto a costumbres, me levante y me despedí con un tímido ‘bona nit’ porque ya era de noche. Espero que esa señora pueda seguir siendo feliz durante mucho tiempo.

Ajedrez o Victoria (IV)

El mismo año que empecé a ir al instituto me hice socio del Club Ajedrez Alzira. Nos apuntamos varios alumnos del colegio, recuerdo que aparte de mi también lo hicieron Ángel, Raúl, Miguel Ángel y algún otro. Ese mismo día también se hicieron socios del club Fontana y José Antonio. A estos los conocí durante mi permanencia en el club, pero aún recuerdo como el día en cuestión casi tropezamos al entrar por la puerta del edificio de La Gallera, que es donde por entonces se encontraban las instalaciones del Club de ajedrez.

Es curioso, los que fuimos a posteriori la nueva generación del club de ajedrez coincidimos y casi tropezamos el mismo día y hora entrando por la puerta, casualidades difíciles de explicar. Pablo, otro compañero del colegio, resulta que era socio del club hacia un tiempo, yo no lo sabía. Y el que también llevaba un tiempo en el club era Adell, que junto a Pablo eran las únicas promesas del club de ajedrez hasta entonces. Adell se convirtió pronto en compañero infatigable de batallas y gran rival.

En el club pronto empecé a ser un asiduo. El edificio de La Gallera era (y es) un edificio emblemático de Alzira, disponía de varios salones de estilo árabe preciosos, y las partidas de ajedrez se jugaban en uno de estos salones, un salón circular, con las paredes recubiertas de cerámica árabe y lleno de mesas de hierro forjado pintado de negro cubiertas por una losa circular de mármol blanco. Siempre que entraba en el salón podía observar una nube de humo que hacía el lugar más entrañable y acogedor, aunque poco saludable. En este salón otros socios de La Gallera jugaban al tute o al póquer. Recuerdo que había mucho ricachón por la sala y si bien yo no me enteraba de nada, me contaron historias de partidas de póquer donde se habían jugado el coche, la casa, y hasta la mujer.

Pero yo iba a lo mío, con mis doce, trece y más años pase allí un periodo de mi vida donde disfrute a rabiar. Jugué innumerables partidas con los veteranos del club. El señor Boluda y el señor Alonso fueron duros rivales durante mucho tiempo. Los dos eran unos fenómenos. El señor Boluda tuvo durante muchos años un bar donde se formo un gran equipo de ajedrez, el club Hilaturas Presencia, donde precisamente empezó a jugar Josep, y que fue durante años el equipo rival del Club Ajedrez Alzira. Con el tiempo ambos clubs se fusionaron. El señor Boluda era un gran aficionado al ajedrez y en sus años mozos consiguió algunos logros importantes como jugador. Por su parte, el señor Alonso también era propietario de un bar-restaurante, pero este en el centro de Alzira y con más caché. Pasado un tiempo conocí ambos bares, el del señor Boluda porque estaba cerca de mi casa, y aunque por entonces ya lo había traspasado me pasé por allí alguna vez. El del señor Alonso lo conocí y visité porque fui varias veces a jugar al ajedrez allí.

Pasé tardes completas en el club perdiendo una partida tras otra a manos del señor Boluda, Alonso y otros. Había un hombre mayor que también era durísimo, tendría unos setenta años, llevaba un audífono, y vestía gorra. Era un luchador nato y guardo un entrañable recuerdo de él. Son tantas las personas nobles que he conocido jugando al ajedrez que seguro me dejaré muchas en el olvido. De algunas de ellas no recuerdo los nombres, y a muchas otras no las cito porque haría esto eterno. Pero la gran mayoría eran bellísimas personas, muy buena gente. Ahora que estoy recordando tiempos pasados, me doy cuenta de cuanto tengo que agradecerle a este ‘juego’.

Las maratones de ajedrez fueron continuas. El señor Boluda fumaba sin parar, pero mantenía la mirada fija en el tablero, tenía unos grandes conceptos tácticos, como todo jugador de café que se precie. Me pegaba unas palizas impresionantes. Y el señor Alonso era un figura, también fumaba como un carretero, pero este además cantaba, y lo hacía bien, mientras me pegaba manporrazos arriba y abajo en el tablero. Parece que fuera ayer, veo al señor Alonso como si ahora mismo estuviera cantándome “La mare de ueta” o algo así. Me enganche tanto a jugar, que incluso empecé a quedar el sábado por la mañana con ambos, señores Boluda y Alonso, para jugar en la parte de arriba del restaurante de este último. Era un restaurante tipo mesón, todo de madera, y con ventanales de medio punto, a mi me gustaba mucho. Ahora comprendo cuanto me apreciaron estas personas, creo que disfrutaban conmigo y yo con ellos.

Poco a poco empecé a jugar competiciones de todo tipo como campeonatos juveniles de la comarca, torneos individuales, el torneo de Reyes de Alzira, el campeonato social del club, etc. En este último torneo, el social, recuerdo una anécdota. Me enfrentaba con Clari, uno de los mejores jugadores del club, y durante los inicios de la partida le cacé una pieza, y entonces yo todo contento y lleno de satisfacción por el logro conseguido me levanté y le dije en perfecto valenciano (aunque yo hablaba castellano) ‘¡¡xua xua!!’, es decir, ‘¡¡juega juega!!’, lo cual escucharon el resto de jugadores, y enseguida vi como Clari se puso rojo como un tomate ante tamaña insolencia. El hecho es que la partida la acabé perdiendo, como era de esperar, pero estoy seguro que Clari aún recuerda mi frasecita.

También recuerdo mi primer campeonato juvenil entre jugadores del club. Quedé segundo, detrás de Fontana, y recibí como premio mi primer trofeo. Aún lo guardo, de hecho lo tengo ahora mismo aquí delante de mí, ‘Abril de 1986. Segundo juvenil’ ¡joder! ¡Como pasa el tiempo! También recuerdo como al llegar a casa mi padre en lugar de darme la enhorabuena me pregunto, ¿Quién ha ganado? Es algo que sigo sin entender, nunca recibí su apoyo sino para recordarme los fracasos y revolcarse en mi barro. Ese es un lastre que aunque superado, ha dejado una huella profunda en mi carácter. Siempre eche en falta un padre que me apoyara. Por contrapartida y como siempre suele pasar tuve y tengo una madre fuera de serie. Ni Edipo ni historias, ella es realmente una persona extraordinaria y con mucha historia que contar a sus espaldas.

Réquiem por un pato

Ayer de camino al trabajo me crucé con un pato, si, he dicho bien, un pato. Era un día lluvioso y gris, y el pato caminaba por medio de la calle completamente perdido y desorientado. No se bien como fue a parar allí, es algo que nunca había visto antes, un pato sobre el asfalto de una urbe está fuera de lugar.

Me llamó aún más la atención porque me hizo recordar el tema en boca de todos actualmente, la gripe aviar. Pero ver al pato no me causo ningún temor, al contrario, verlo tan desprotegido y saber lo que está pasando me hizo sentir más pena aún por él.

Un grupo de jovenzuelos que se dirigían al colegio al verlo comenzaron a jugar con él y a molestarlo, y el más listo de todos, el espabilado de turno, intentaba darle alguna patada. Por detrás escuchaba a otro descerebrado diciendo “Cógelo y lo llevamos a la puerta del colegio”. Estas cosas de veras que me ponen enfermo, ¿que tipo de educación reciben hoy en día estos niños? ¿Yo era igual a su edad? Creo que no. El civismo y la educación de las nuevas generaciones brillan por su ausencia, salvo excepciones claro está.

Habían también unos vecinos, unas personas mayores, que habían salido a la calle y miraban de malas maneras a estos jóvenes mientras se preguntaban lo mismo que yo, como había llegado a parar ese pato hasta ahí.

Mientras tanto, el pato, ajeno a todos nosotros, caminaba sin rumbo claro, desvalido, quizás se había descolgado de su bandada de patos, quizás estuviera herido en algún ala, y no sabía por donde ir. Espero que finalmente pudiera retomar el vuelo.

Ajedrez o Victoria (III)

El curso siguiente fue el último de la EGB y el primero en que empecé a conocer de verdad el sentido del ajedrez. Al poco tiempo de reanudarse las clases Josep empezó de nuevo a impartir sus clases de ajedrez y otra vez todos nos apuntamos al curso.

Josep es la persona a la que más debo en mi conocimiento del ajedrez, el tiempo que tuve la suerte de compartir con él me sirvió para sentar unas sólidas bases de análisis y entendimiento del juego. Fue una gran casualidad coincidir con él en el colegio. Él era profesor de educación infantil, y un gran ajedrecista. Durante su juventud había llegado a ser uno de los jugadores más prometedores de Valencia y ya había disputado varios campeonatos de España. Pero debido al poco apoyo que este deporte recibe en nuestro país, llego un momento en que decidió poner freno a su carrera ajedrecística en pos de acabar sus estudios y estabilizar su vida.

Pronto empecé a demostrar grandes progresos, las clases de Josep aumentaron el nivel de juego de todo el grupo. Cuando jugamos el torneo para decidir los componentes del equipo escolar quedé primero y Ángel fue segundo. Recuerdo que Pablo y Raúl completaban el equipo titular. Así que me convertí en el primer tablero del equipo.

Y de nuevo nos presentamos al torneo escolar de Alzira, allí estaban todos los equipos que el año anterior nos vapulearon y enviaron a casa pronto. Pero ese año cambiaron las cosas, fuimos campeones sin perder un solo encuentro. Increíble pero cierto, la escuela ajedrecística de Josep había crecido más rápido de lo esperado, y el mayor mérito de esta hazaña se lo debemos a él.

Ser campeones del torneo escolar de Alzira nos clasificó para disputar el campeonato provincial. En el provincial recuerdo que tuvimos un gran rival y a la postre campeón, un equipo de Alacuas, en el que jugaban Miguel Ángel Ferrer y Marcos Cisneros, mas tarde amigos y rivales en diversas competiciones. De hecho el destino me hizo coincidir de nuevo con Miguel Ángel en la universidad, cursando ingeniería informática, y hoy en día seguimos manteniendo una buena amistad. El colegio de Alacuas era un colegio ejemplar en cuanto a formación ajedrecística, era un colegio con gran tradición debido a personas como Ingles, si no recuerdo mal, que se desvivía por su práctica. Este colegio estaba acostumbrado a ganar y a ser cuna de futuros ajedrecistas valencianos.

Al final fuimos subcampeones escolares de Valencia detrás del Alacuas y ambos equipos nos clasificamos para la final autonómica, que se disputaría un mes mas tarde en Cheste. Recuerdo que en el colegio se nos felicito como héroes, estaba claro que un colegio público no estaba acostumbrado a semejantes hazañas.

Hasta la disputa del campeonato autonómico escolar Josep nos concentro varias veces en su casa para acelerar nuestra formación. Ahora veo claro como su entusiasmo superaba con creces el nuestro, si bien poco a poco consiguió transmitirlo a todos nosotros. Y su método de enseñanza si bien entonces me pareció muy duro, tengo que reconocer ahora que fue genial. Fue poco el tiempo que dedico a explicarnos aperturas, centro sus clases en la práctica del medio juego y sobre todo en los finales. Aprendí finales de todo tipo, de peones, de alfiles del mismo color, de alfiles de distinto color, posiciones de tablas, oposición, finales de torre, etc. Nos pasábamos horas y horas estudiando hasta llegar al punto del bloqueo mental, pero yo aguantaba estoicamente las clases, su entusiasmo me contagiaba, trasmitía sabiduría por todos los poros de su piel.

Mi progresión durante esos meses fue meteórica, si hubiese seguido recibiendo las clases de Josep estoy seguro de haber llegado en unos años a Maestro internacional e incluso Gran Maestro, estoy convencido. Era un preparador excepcional, digno del mejor ajedrecista. Pero por desgracia vivíamos en España y no en Rusia y ni su dedicación ni la mía pudieron orientarse en este sentido. Porque en España dedicarse al ajedrez significa malvivir. Tal vez si en lugar de pensar delante del tablero tuviésemos que lanzarnos las piezas o darles patadas sería un deporte mejor pagado.

Y llego el momento de disputar el campeonato escolar de la Comunidad Valenciana, que como he dicho fue en Cheste, en la ciudad universitaria, y donde estuvimos cuatro días concentrados. La historia volvió a repetirse, los equipos de Alicante y Castellón apenas nos plantearon resistencia y de nuevo nos disputamos el título con el equipo de Alacuas. El encuentro con ellos estuvo muy disputado, recuerdo que en mi partida con Ferrer llegue a disponer de cierta ventaja, pero finalmente perdí y también el equipo. Nada que objetar, reconozco que en ese momento eran el mejor equipo escolar.

De esta forma pasamos de ser un equipo local derrotado a las primeras de cambio a subcampeones escolares de la Comunidad Valenciana al año siguiente. Toda una proeza. En el colegio nos felicitaron por lo conseguido, a mi me entrevistaron en la radio y todo el equipo fue invitado por el concejal de Cultura del ayuntamiento en una comida donde nos hicieron entrega de varios regalos.

A los pocos días me llamaron de la Federación Valenciana de Ajedrez para formar parte de la selección valenciana de ajedrez que disputase el campeonato de España en Salou. El equipo lo formamos Miguel Ángel y marcos de Alacuas, un chaval de Elda y yo. Fue una gran experiencia. Estuvimos una semana viviendo a cuerpo de rey en un hotel, lo cual para unos chavales como nosotros era un lujazo. Y sobre todo recuerdo la convivencia, el hablar con andaluces, asturianos o gallegos fue muy divertido, y sus acentos eran motivo de broma.

Y en cuanto a resultado deportivo, yo jugué como tercer tablero. Recuerdo una anécdota muy graciosa, en un disputado encuentro con la selección de Andalucía tuvimos que aplazar una partida, la de Marcos, así que comimos rápido y nos subimos a una habitación a analizar la misma e intentar ver cual sería la mejor continuación, al final de los análisis concluimos que había una forma de ganar y todos quedamos muy satisfechos. Cuando Marcos volvió a la sala de juego y se sentó ante su rival para continuar la partida, vio como en el tablero su rival tenía un peón de torre que no habíamos tenido en cuenta a la hora de analizar. La cara de pasmo que se nos quedó a todos fue increíble. Finalmente la partida finalizó en tablas, y gracias.

Y finalmente concluimos terceros y por lo tanto medalla de bronce, a la entrega de premios acudió un responsable del Ministerio de Cultura que nos hizo entrega de la medalla y todos quedamos encantados de la vida con el logro obtenido. Yo volví mas ancho que largo a mi Alzira natal, donde se me volvió a entrevistar en la radio y salí en primera plana de los diarios locales como niño prodigio del ajedrez. Pero a mi todo eso me influyo más bien poco, seguí con mis cosas y mí día a día y el tiempo me dio la razón, porque estas cosas se olvidan pronto.

Una vez concluidos todos estos campeonatos Josep nos pregunto que pensábamos hacer en el futuro con respecto al ajedrez, ese año acabamos la EGB y cada uno tomaba un nuevo rumbo, la mayoría íbamos a estudiar el Bachillerato, y él seguiría como profesor del colegio. Entonces nos invito a acercarnos al Club de Ajedrez Alzira al cual pertenecía y donde pensaba que podríamos continuar nuestra carrera como ajedrecistas.

Nunca nadie ha influido tanto en mi concepción del ajedrez como lo hizo Josep, José Sampedro. Para mi es un ser excepcional que en su momento no dispuso de los medios suficientes para proyectar su carrera. A él debo agradecer mi mejora en capacidad de análisis y valoración posicional así como en la práctica de los finales. Le estaré eternamente agradecido por descubrirme un juego tan bello. Actualmente sigo manteniendo contacto con él a través del correo electrónico y quién sabe, tal vez algún día empecemos de nuevo a analizar partidas juntos, sería un placer para mi.

Ajedrez o Victoria (II)

A los doce años andaba yo cursando séptimo de EGB cuando me enteré de que estaban dando clases de ajedrez en horario extraescolar por la tardes. Recuerdo que aunque me llamó la atención, inicialmente no me apunté. Pasaron un par de meses o más hasta que un día Salva, un compañero, me dijo que me acercara al curso, que era muy entretenido. Además, me comento que más adelante iban a hacer unas pruebas para seleccionar al equipo de ajedrez del colegio y que este equipo debía competir en el torneo escolar de Alzira.

Esa tarde me acerque con Salva al curso, también vinieron Raúl, Bernardo, Ángel y alguno más, la verdad es que el curso estaba teniendo muy buena acogida. Las clases se impartían en un aula de párvulos porque el profesor daba sus clases allí. Se llamaba Jose, más tarde Josep, nos dio la bienvenida a mí y algún otro nuevo y empezó a explicar cosas de ajedrez. Éramos unos veinte en clase.

Desde el primer momento me enganche al ajedrez, me distraía como ninguna otra cosa, ni las chicas lo hacían tanto, además, yo por aquella época era de lo más inocente en este tema (de hecho es algo que he sido siempre). Aún recuerdo como mi amiga del alma Gema me preguntaba si quería ser su novio y nunca supe que responderle. Y es que no acababa de entender bien la pregunta. ¿Qué era eso de ser novio? Me ponía como un flan y no me salían las palabras.

A Gema la conocía desde muy pequeño porque nuestros padres eran amigos. Nos llevábamos muy bien, tenía un carácter muy fuerte pero yo no le hacía caso y es por ello que le gustaba, además era el primero de la clase y eso también daba caché. Llego un momento en que se canso de insistir debido a mis constantes ‘calabazas’. Poco después, empezó a ponerse como un tren, y era muy guapa, así que le salieron pretendientes a pares. En pocos años se distanció mucho de mí, y es que es una verdad como un templo que las mujeres maduran mucho más rápido que los hombres. Gema fue mi primer gran amor, aún la recuerdo. Nos hemos visto alguna vez desde entonces pero nunca hemos mediado palabra, solo miradas. Ninguno se ha atrevido a acercarse al otro. Creo que se casó y que tiene al menos un hijo, espero que todo le vaya genial.

Bueno, en cuanto al ajedrez, acabado el curso, Josep organizó un torneo para seleccionar los jugadores del equipo del colegio. Recuerdo hacerlo bastante mal, el hecho de apuntarme al curso cuando este estaba muy avanzado hizo que no pudiera hacerle frente a compañeros mas experimentados. Finalmente, quedé quinto y mi amigo Ángel sexto. Así que fuimos el primer y segundo reserva.

Al mes siguiente jugamos el campeonato escolar, sería Marzo o Abril de 1986. El lugar fue el polideportivo municipal que hacía poco se había inaugurado. El polideportivo era una de las muchas obras que se hicieron en Alzira como plan de reactivación de la ciudad después de la pantanada de Tous de 1982. Algún día hablaré de esto hecho porque lo viví intensamente.

A mi el polideportivo me parecía una instalación genial, iba mucho por allí porque me gustaba mucho practicar deporte, recuerdo haberme apuntado a cursos de básquet y fútbol sala, e incluso a uno de halterofilia donde empecé a asistir con Ángel y Lorenzo. Madre mía, no hace tiempo, yo pronto desistí, no era lo mío. Pero Lorenzo Carrió es ahora uno de los mejores alteras nacionales, tiene incontables títulos nacionales y varias medallas en campeonatos de Europa y campeonatos del Mundo. Además, ha sido deportista olímpico. Un fuera de serie en toda regla. Forma parte del Club de Halterofilia de Alzira, un superclub hoy en día, reciente campeón de la Copa de España el mes pasado por quinta vez consecutiva y con estrellas internacionales en ciernes como Joan Marco. Aún sigo viendo a Lorenzo de vez en cuando, se casó y se saco una plaza de Policía Nacional. Y sigue en activo como haltera, de hecho formo parte del equipo campeón nacional de hace solo un mes.

Respecto al campeonato escolar de ajedrez, poco que contar, nos eliminaron en la primera fase. Era una liguilla de cuatro equipos y no ganamos ni un encuentro. Yo me dedique a mirar las partidas porque no jugué ninguna. Que decepción, no por no jugar, que ganas tenía pero sabía que el equipo titular era mejor, sino por lo mal que lo hicimos. Los demás equipos me parecieron inalcanzables, había chavales que jugaban muy bien. No recuerdo que equipo ganó, pero empezaba a picarme mucho el ajedrez.

Ajedrez o Victoria (I)

A Alberto Noguera y a mi nos une una afición en común, el ajedrez. En uno de sus últimos post (Ajedrez I) nos cuenta su relación con el ajedrez y me invita a hablar un poco de la mía. Hablar de ajedrez para mí es hablar de parte de mi vida. Lo que empezó como un juego pronto se convirtió en pasión. Y en muchos momentos obsesión, profunda obsesión.

La persona que me descubrió el ajedrez fue un amigo de la infancia, Agustín, un gran tipo con el cual sigo manteniendo una buena amistad y que en ocasiones veo por la calle y nos contamos cómo nos va. Agustín no era un gran estudiante, de hecho no le gustaba mucho estudiar, pero aún así se saco la EGB y creo recordar que empezó el bachillerato. A partir de ahí le perdí un poco el hilo, pero unos años mas adelante lo volví a ver y me alegre muchísimo cuando me dijo que estaba estudiando ingeniería técnica agrícola, la cual se acabo sacando. Su padre era hombre de campo y mi amigo encaminó su preparación en ese sentido, preparándose para el cultivo y gestión de las tierras de su padre y de otros.

Volviendo al ajedrez, un día después de acabar las clases a las cinco de la tarde (creo que tenía entonces diez años y cursaba quinto curso) Agustín y yo como muchas otras veces quedamos para jugar y nos fuimos a su casa. Tenía muchos juegos en su casa y íbamos mucho por allí, normalmente nos sentábamos en la mesa camilla de una sala de estar muy acogedora, donde en época de frío siempre había encendida una estufa de leña de esas antiguas a las que había que levantar una tapa en la parte de arriba para introducir la leña. Lo pasaba muy bien en esa casa, además, su padres y hermana eran muy buena gente, ese tipo de personas hospitalarias que sabes que siempre estarán dispuestos a ayudarte.

Pero esa tarde no jugamos en la sala de estar, sino en la otra casa. Era muy curioso, pero la casa de Agustín no eran sino dos casas unidas por un tabique derrumbado. La casa donde vivían daba a una pequeña plaza, la Plaza de la Malva, una plazoleta muy acogedora donde se podía jugar y apenas pasaban coches. Su segunda casa estaba unida a la primera por la parte de atrás, era una casa muy vieja, que daba a una calle estrecha, con paredes de cemento sin pintar, que su padre utilizaba de trastero para la ‘mula’ y demás enseres de labranza, así como para abonos, fertilizantes, etc.

Fue en esa vieja casa donde jugué mi primera partida de ajedrez. Recuerdo que Agustín improviso una mesa con un tablón pequeño sobre un bidón y nosotros nos sentamos en unas pequeñas sillas. Puso sobre el tablón el tablero de ajedrez y la caja de piezas. Volcó las piezas sobre el tablero y empezó a explicarme las reglas básicas del ajedrez. Me explicó las reglas a su manera y yo me mantuve atento a la explicación. Me contó como se disponían inicialmente las piezas, que los alfiles se movían por las diagonales, las torres por las columnas, que el rey solo podía dar un paso en cualquier dirección,… Yo intenté retener la máxima información posible, ya debía haber oído hablar de ese juego y quería entenderlo porque me resultaba muy interesante.

Al final empezamos a jugar, la primera partida la ganó él, pero la segunda la gané yo. No recuerdo que volviese a jugar más al ajedrez con Agustín. Jugamos a muchas otras cosas, como siempre, pero no al ajedrez. De hecho, después de esas dos partidas no volví a jugar al ajedrez hasta pasados dos años.

El señor Juan

Hay ciertas personas por las que uno sin darse cuenta siente un especial cariño. El señor Juan era una de esas personas. Cuando era niño y jugaba en mi calle, su calle, recuerdo verle de buena mañana preparando su moto para ir al campo. Era un hombre de campo, sentía su tierra valenciana como propia y sus naranjos eran su principal preocupación.

Su carácter afable y hospitalario y su sempiterna sonrisa son rasgos que siempre le acompañaban. Un día jugando en casa con mi prima Juanita, tuve un accidente debido a mi carácter inquieto. Bajando las escaleras de una forma un tanto peculiar sufrí un pequeño accidente al romper una de las cerámicas de la pared de la escalera de una patada. Era verano y vestía ropa corta, el resultado fue un corte de varios centímetros en la pierna derecha. Al estar en caliente la verdad es que apenas sentí nada, pero cuando llegue a la planta baja de mi casa mi madre me vio y fue tal la impresión que el corte en mi pierna le causo que sufrió un desvanecimiento. Mi padre estaba en Suiza trabajando, pero en cuanto mis vecinos y en concreto el señor Juan se enteraron de lo sucedido me subieron al coche y me llevaron a urgencias. A partir de ahí solo recuerdo como me tumbaron en una camilla, me hicieron contar hasta diez, uno, dos, tres…

Aunque cambié de domicilio ya hace años continué viviendo cerca de su casa, y siempre tuve un mínimo contacto con el señor Juan, en ocasiones debido a que me hacía llegar lotería de su falla, su amada falla Doctor Ferrán, en otras ocasiones me lo encontraba por la calle y charlábamos un poco, me preguntaba como me iba en la vida, si ya tenía novia o como me iba con el nuevo trabajo y siempre sentía en sus palabras un cariño y admiración de alguien que siempre te ha valorado por como eres. Y esas pequeñas cosas son la que realmente te dan fuerzas y te motivan para tirar adelante, porque sabes que son palabras auténticas, porque sabes que son sentimientos auténticos.

Hoy me he enterado que el señor Juan ha fallecido. Por suerte no ha sufrido, de hecho hace unos días mi padre habló con él y estaba bien, con las típicas dolencias debidas a sus casi ochenta años y varias operaciones de cadera, pero con buen ánimo. Volvía de comprar la prensa que le gustaba leer a diario y de hacerse un café en el bar de toda la vida. Eso está bien, muy bien, las buenas personas deben pasar así por la vida, sin sufrir en sus últimos días.

Vida Digital

Hoy sonicus se ha levantado media hora antes de lo habitual, a las siete y media, para comprobar que la película que se estaba descargando de internet lo había hecho correctamente. Se la está bajando de una web extranjera porque en España la ‘pelí’ todavía no ha sido estrenada. Él sabe que eso no esta bien, pero es excitante saber que va a poder ver antes que nadie la anunciada película. Una vez descargada la graba en un CD y se la lleva al instituto, sabe que todos van a alucinar.

Cuando lo comenta en clase sus compañeros le preguntan que de donde la ha sacado, sonicus les recuerda que en internet no hay información ni descarga que se le resista. Han quedado en pegarle un vistazo a la ‘peli’ en la cafetería a la hora del almuerzo, uno de sus amigos ha traído el portátil de su padre y podrán verla. Las clases pasan con la monotonía y parsimonia habituales hasta que llega la hora esperada y salen corriendo para ganar un poco de tiempo.

Impresionante, tal y como esperaban la película se sale, es la segunda parte de una trilogía y no tiene desperdicio. Durante el resto del día no dejan de hablar de la misma y comentar que irán al estreno porque al fin y al cabo en el cine será mucho más espectacular. También hablan del último videojuego de moda y discuten sobre si son mejores los videojuegos en PC o en videoconsola. La mayoría no tienen dudas, las videoconsolas son mejores para jugar, otra cosa es la ventaja del PC que permite mucho más que jugar, eso lo tienen todos claro.

Al mediodía, sonicus llega a casa y se mete en su cuarto para dejar a su ordenador haciendo una copia de la película para uno de sus amigos mientras come. Cuando acaba de comer coge la copia y aprovecha para comprobar su correo electrónico, tiene un par de correos interesantes aparte del dichoso spam y publicidad no solicitada. Un email es de una amiga que conoció por internet jugando al trivial en el ICQ, es una tía genial, el otro de un compañero del equipo de fútbol sala en el que juega, le comenta que el viernes por la noche tienen partido, al leerlo le envía un SMS confirmándole que si que irá.

Por la tarde las clases se hacen aún más pesadas si cabe. Además, hoy tiene que entregar un trabajo sobre la historia de su ciudad. Por suerte, la tarde anterior encontró un par de sitios en internet con información más que suficiente por lo que tan solo tuvo que sintetizar un par de textos y poco más. Poco a poco se acerca el final de las clases, y sonicus esta deseando que terminen. Para él la tarde y noche son lo mejor del día, y como casi siempre esa tarde la tiene más que ocupada.