Momentos felices

Hace unos días estuve en Valencia viendo Las Fallas, en mi caso lo hago todos los años porque vivo a cuarenta kilómetros de la capital. En mi ciudad Alzira también hay fallas, unas treinta y cinco. Pero se dice que las fallas en los pueblos son para los falleros. Valencia es otra cosa.

Fui con unos amigos, en tren. Ni que decir tiene que son espectaculares, yo las considero la máxima representación del arte valenciano. Además, la multitud de gente que se agolpa en las calles junto con falleros y falleras, y las bandas de música de cada falla que no dejan de tocar día y noche, y los puestos ambulantes de churros y buñuelos con chocolate calentito, hacen de Valencia un sitio acogedor y lleno de vida.

Pero del viaje a Valencia hay una cosa, un momento, que me llamo en especial la atención y que se me quedó marcado. Fue en el viaje de vuelta de Valencia, el tren de cercanías iba a tope como suele ser habitual en esa época. En cuanto el tren llegó se llenó, de hecho la gente que lo esperábamos apenas dejamos salir a los que llegaban ante la idea de quedarnos sin sitio donde sentarnos.

El caso es que una vez sentados vi que delante de mi se había sentado un niño de unos ocho años a la izquierda y una mujer mayor a su derecha. Estaban frente a mí, en los típicos compartimentos de cuatro asientos. A mi izquierda iba un amigo. Pronto observe que junto a la mujer se encontraba su esposo de pie. Era un hombre de unas sesenta y tantos. Mayor, que no viejo, porque hoy en día a esas edades las personas están que da gusto verlas.

Por un momento pensé en cederle mi asiento al hombre, pero al final no lo hice, sobre todo porque pensé que el chaval pequeño, que debía ser su nieto, era quién se lo debía ceder, tampoco quería hacer el primo y tenía los pies molidos. Así que el señor se quedo ahí de pie cogido de la mano de se esposa con cara de cansancio. Mientras el chaval parecía pasar del asunto.

De repente vi como la mujer le besaba la mano a su marido, y me llamo la atención porque no suele ser habitual ver estos gestos de cariño público entre las personas mayores. Acto seguido se acerco un hombre joven y llamó al niño, era su padre, le dijo que se levantara y dejase su sitio al hombre mayor. Ahí me di cuenta de que el chaval no era familiar de estos señores y que simplemente ante la marabunta que había habido al subir al tren había llegado a parar a ese asiento. Y sus padres habían quedado en unos asientos mas adelante.

El caso es que el niño se levanto y el hombre mayor ocupó su lugar. Aquí yo puse un poco cara de remordimiento por no haberle cedido el sitio antes, pero él simplemente hizo un comentario diciendo que ahora estaba mas a gusto. Era un matrimonio valenciano, de los que acostumbra a hablar en valenciano, su lengua materna, sencillo, que viven tranquilos y en algún pueblo como Xátiva o La Pobla Llarga.

La señora, al tenerlo a su lado, se recostó en su brazo y lo abrazo fuerte. Él mantenía el semblante serio, pero con un gesto de pena, de impotencia. De repente a la mujer se le escapo una lágrima y cerró los ojos. Creo que era una lágrima de alegría, y al mismo tiempo de tristeza, de melancolía. Me dio la sensación de que pensaba en lo bonito que había sido ese día junto a su marido viendo Las Fallas de Valencia, y mucho me temo que eran sus últimas fallas juntos. Tal vez el hombre padecía algún tipo de enfermedad. Es posible, porque tenía un semblante muy estresado, no habitual en estas personas mayores que ya lo tienen todo hecho, era el rostro de una persona que sufre de algo y nunca tiene un segundo para descansar.

En ese momento el tren indicaba por megafonía la llegada a mi ciudad, que sigue siendo un pueblo en cuanto a costumbres, me levante y me despedí con un tímido ‘bona nit’ porque ya era de noche. Espero que esa señora pueda seguir siendo feliz durante mucho tiempo.

Ajedrez o Victoria (IV)

El mismo año que empecé a ir al instituto me hice socio del Club Ajedrez Alzira. Nos apuntamos varios alumnos del colegio, recuerdo que aparte de mi también lo hicieron Ángel, Raúl, Miguel Ángel y algún otro. Ese mismo día también se hicieron socios del club Fontana y José Antonio. A estos los conocí durante mi permanencia en el club, pero aún recuerdo como el día en cuestión casi tropezamos al entrar por la puerta del edificio de La Gallera, que es donde por entonces se encontraban las instalaciones del Club de ajedrez.

Es curioso, los que fuimos a posteriori la nueva generación del club de ajedrez coincidimos y casi tropezamos el mismo día y hora entrando por la puerta, casualidades difíciles de explicar. Pablo, otro compañero del colegio, resulta que era socio del club hacia un tiempo, yo no lo sabía. Y el que también llevaba un tiempo en el club era Adell, que junto a Pablo eran las únicas promesas del club de ajedrez hasta entonces. Adell se convirtió pronto en compañero infatigable de batallas y gran rival.

En el club pronto empecé a ser un asiduo. El edificio de La Gallera era (y es) un edificio emblemático de Alzira, disponía de varios salones de estilo árabe preciosos, y las partidas de ajedrez se jugaban en uno de estos salones, un salón circular, con las paredes recubiertas de cerámica árabe y lleno de mesas de hierro forjado pintado de negro cubiertas por una losa circular de mármol blanco. Siempre que entraba en el salón podía observar una nube de humo que hacía el lugar más entrañable y acogedor, aunque poco saludable. En este salón otros socios de La Gallera jugaban al tute o al póquer. Recuerdo que había mucho ricachón por la sala y si bien yo no me enteraba de nada, me contaron historias de partidas de póquer donde se habían jugado el coche, la casa, y hasta la mujer.

Pero yo iba a lo mío, con mis doce, trece y más años pase allí un periodo de mi vida donde disfrute a rabiar. Jugué innumerables partidas con los veteranos del club. El señor Boluda y el señor Alonso fueron duros rivales durante mucho tiempo. Los dos eran unos fenómenos. El señor Boluda tuvo durante muchos años un bar donde se formo un gran equipo de ajedrez, el club Hilaturas Presencia, donde precisamente empezó a jugar Josep, y que fue durante años el equipo rival del Club Ajedrez Alzira. Con el tiempo ambos clubs se fusionaron. El señor Boluda era un gran aficionado al ajedrez y en sus años mozos consiguió algunos logros importantes como jugador. Por su parte, el señor Alonso también era propietario de un bar-restaurante, pero este en el centro de Alzira y con más caché. Pasado un tiempo conocí ambos bares, el del señor Boluda porque estaba cerca de mi casa, y aunque por entonces ya lo había traspasado me pasé por allí alguna vez. El del señor Alonso lo conocí y visité porque fui varias veces a jugar al ajedrez allí.

Pasé tardes completas en el club perdiendo una partida tras otra a manos del señor Boluda, Alonso y otros. Había un hombre mayor que también era durísimo, tendría unos setenta años, llevaba un audífono, y vestía gorra. Era un luchador nato y guardo un entrañable recuerdo de él. Son tantas las personas nobles que he conocido jugando al ajedrez que seguro me dejaré muchas en el olvido. De algunas de ellas no recuerdo los nombres, y a muchas otras no las cito porque haría esto eterno. Pero la gran mayoría eran bellísimas personas, muy buena gente. Ahora que estoy recordando tiempos pasados, me doy cuenta de cuanto tengo que agradecerle a este ‘juego’.

Las maratones de ajedrez fueron continuas. El señor Boluda fumaba sin parar, pero mantenía la mirada fija en el tablero, tenía unos grandes conceptos tácticos, como todo jugador de café que se precie. Me pegaba unas palizas impresionantes. Y el señor Alonso era un figura, también fumaba como un carretero, pero este además cantaba, y lo hacía bien, mientras me pegaba manporrazos arriba y abajo en el tablero. Parece que fuera ayer, veo al señor Alonso como si ahora mismo estuviera cantándome “La mare de ueta” o algo así. Me enganche tanto a jugar, que incluso empecé a quedar el sábado por la mañana con ambos, señores Boluda y Alonso, para jugar en la parte de arriba del restaurante de este último. Era un restaurante tipo mesón, todo de madera, y con ventanales de medio punto, a mi me gustaba mucho. Ahora comprendo cuanto me apreciaron estas personas, creo que disfrutaban conmigo y yo con ellos.

Poco a poco empecé a jugar competiciones de todo tipo como campeonatos juveniles de la comarca, torneos individuales, el torneo de Reyes de Alzira, el campeonato social del club, etc. En este último torneo, el social, recuerdo una anécdota. Me enfrentaba con Clari, uno de los mejores jugadores del club, y durante los inicios de la partida le cacé una pieza, y entonces yo todo contento y lleno de satisfacción por el logro conseguido me levanté y le dije en perfecto valenciano (aunque yo hablaba castellano) ‘¡¡xua xua!!’, es decir, ‘¡¡juega juega!!’, lo cual escucharon el resto de jugadores, y enseguida vi como Clari se puso rojo como un tomate ante tamaña insolencia. El hecho es que la partida la acabé perdiendo, como era de esperar, pero estoy seguro que Clari aún recuerda mi frasecita.

También recuerdo mi primer campeonato juvenil entre jugadores del club. Quedé segundo, detrás de Fontana, y recibí como premio mi primer trofeo. Aún lo guardo, de hecho lo tengo ahora mismo aquí delante de mí, ‘Abril de 1986. Segundo juvenil’ ¡joder! ¡Como pasa el tiempo! También recuerdo como al llegar a casa mi padre en lugar de darme la enhorabuena me pregunto, ¿Quién ha ganado? Es algo que sigo sin entender, nunca recibí su apoyo sino para recordarme los fracasos y revolcarse en mi barro. Ese es un lastre que aunque superado, ha dejado una huella profunda en mi carácter. Siempre eche en falta un padre que me apoyara. Por contrapartida y como siempre suele pasar tuve y tengo una madre fuera de serie. Ni Edipo ni historias, ella es realmente una persona extraordinaria y con mucha historia que contar a sus espaldas.

Réquiem por un pato

Ayer de camino al trabajo me crucé con un pato, si, he dicho bien, un pato. Era un día lluvioso y gris, y el pato caminaba por medio de la calle completamente perdido y desorientado. No se bien como fue a parar allí, es algo que nunca había visto antes, un pato sobre el asfalto de una urbe está fuera de lugar.

Me llamó aún más la atención porque me hizo recordar el tema en boca de todos actualmente, la gripe aviar. Pero ver al pato no me causo ningún temor, al contrario, verlo tan desprotegido y saber lo que está pasando me hizo sentir más pena aún por él.

Un grupo de jovenzuelos que se dirigían al colegio al verlo comenzaron a jugar con él y a molestarlo, y el más listo de todos, el espabilado de turno, intentaba darle alguna patada. Por detrás escuchaba a otro descerebrado diciendo “Cógelo y lo llevamos a la puerta del colegio”. Estas cosas de veras que me ponen enfermo, ¿que tipo de educación reciben hoy en día estos niños? ¿Yo era igual a su edad? Creo que no. El civismo y la educación de las nuevas generaciones brillan por su ausencia, salvo excepciones claro está.

Habían también unos vecinos, unas personas mayores, que habían salido a la calle y miraban de malas maneras a estos jóvenes mientras se preguntaban lo mismo que yo, como había llegado a parar ese pato hasta ahí.

Mientras tanto, el pato, ajeno a todos nosotros, caminaba sin rumbo claro, desvalido, quizás se había descolgado de su bandada de patos, quizás estuviera herido en algún ala, y no sabía por donde ir. Espero que finalmente pudiera retomar el vuelo.