Ajedrez o Victoria (I)

A Alberto Noguera y a mi nos une una afición en común, el ajedrez. En uno de sus últimos post (Ajedrez I) nos cuenta su relación con el ajedrez y me invita a hablar un poco de la mía. Hablar de ajedrez para mí es hablar de parte de mi vida. Lo que empezó como un juego pronto se convirtió en pasión. Y en muchos momentos obsesión, profunda obsesión.

La persona que me descubrió el ajedrez fue un amigo de la infancia, Agustín, un gran tipo con el cual sigo manteniendo una buena amistad y que en ocasiones veo por la calle y nos contamos cómo nos va. Agustín no era un gran estudiante, de hecho no le gustaba mucho estudiar, pero aún así se saco la EGB y creo recordar que empezó el bachillerato. A partir de ahí le perdí un poco el hilo, pero unos años mas adelante lo volví a ver y me alegre muchísimo cuando me dijo que estaba estudiando ingeniería técnica agrícola, la cual se acabo sacando. Su padre era hombre de campo y mi amigo encaminó su preparación en ese sentido, preparándose para el cultivo y gestión de las tierras de su padre y de otros.

Volviendo al ajedrez, un día después de acabar las clases a las cinco de la tarde (creo que tenía entonces diez años y cursaba quinto curso) Agustín y yo como muchas otras veces quedamos para jugar y nos fuimos a su casa. Tenía muchos juegos en su casa y íbamos mucho por allí, normalmente nos sentábamos en la mesa camilla de una sala de estar muy acogedora, donde en época de frío siempre había encendida una estufa de leña de esas antiguas a las que había que levantar una tapa en la parte de arriba para introducir la leña. Lo pasaba muy bien en esa casa, además, su padres y hermana eran muy buena gente, ese tipo de personas hospitalarias que sabes que siempre estarán dispuestos a ayudarte.

Pero esa tarde no jugamos en la sala de estar, sino en la otra casa. Era muy curioso, pero la casa de Agustín no eran sino dos casas unidas por un tabique derrumbado. La casa donde vivían daba a una pequeña plaza, la Plaza de la Malva, una plazoleta muy acogedora donde se podía jugar y apenas pasaban coches. Su segunda casa estaba unida a la primera por la parte de atrás, era una casa muy vieja, que daba a una calle estrecha, con paredes de cemento sin pintar, que su padre utilizaba de trastero para la ‘mula’ y demás enseres de labranza, así como para abonos, fertilizantes, etc.

Fue en esa vieja casa donde jugué mi primera partida de ajedrez. Recuerdo que Agustín improviso una mesa con un tablón pequeño sobre un bidón y nosotros nos sentamos en unas pequeñas sillas. Puso sobre el tablón el tablero de ajedrez y la caja de piezas. Volcó las piezas sobre el tablero y empezó a explicarme las reglas básicas del ajedrez. Me explicó las reglas a su manera y yo me mantuve atento a la explicación. Me contó como se disponían inicialmente las piezas, que los alfiles se movían por las diagonales, las torres por las columnas, que el rey solo podía dar un paso en cualquier dirección,… Yo intenté retener la máxima información posible, ya debía haber oído hablar de ese juego y quería entenderlo porque me resultaba muy interesante.

Al final empezamos a jugar, la primera partida la ganó él, pero la segunda la gané yo. No recuerdo que volviese a jugar más al ajedrez con Agustín. Jugamos a muchas otras cosas, como siempre, pero no al ajedrez. De hecho, después de esas dos partidas no volví a jugar al ajedrez hasta pasados dos años.

3 pensamientos sobre “Ajedrez o Victoria (I)”

  1. Qué bonito lo que cuentas! Creo que se lo voy a mostrar a mis hijos que siempre se quejan si no tienen algo, lo de la mesa improvisada me envanta, eso es inventiva. Te puedo poner entre mis blogs amigos?

  2. Hola Marta, un placer conocerte y me alegro de que te guste lo que cuento. Pues si, la imaginación es el mejor juguete de un niño.

    Y por supuesto, puedes añadirme a tus favoritos, con mucho gusto.

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